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Mensaje del Santo Padre Francisco para LA CUARESMA 2015

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La Santa Sede

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO

PARA LA CUARESMA 2015

Fortalezcan sus corazones (St 5,8)

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Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma es un tiempo de renovación para la Iglesia, para las comunidades y para cada creyente. Pero sobre todo es un «tiempo de gracia» (2 Co 6,2). Dios no nos pide nada que no nos haya dado antes: «Nosotros amemos a Dios porque él nos amó primero» (1 Jn 4,19). Él no es indiferente a nosotros. Está interesado en cada uno de nosotros, nos conoce por nuestro nombre, nos cuida y nos busca cuando lo dejamos. Cada uno de nosotros le interesa; su amor le impide ser indiferente a lo que nos sucede. Pero ocurre que cuando estamos bien y nos sentimos a gusto, nos olvidamos de los demás (algo que Dios Padre no hace jamás), no nos interesan sus problemas, ni sus sufrimientos, ni las injusticias que padecen… Entonces nuestro corazón cae en la indiferencia: yo estoy relativamente bien y a gusto, y me olvido de quienes no están bien. Esta actitud egoísta, de indiferencia, ha alcanzado hoy una dimensión mundial, hasta tal punto que podemos hablar de una globalización de la indiferencia. Se trata de un malestar que tenemos que afrontar como cristianos.

Cuando el pueblo de Dios se convierte a su amor, encuentra las respuestas a las preguntas que la historia le plantea continuamente. Uno de los desafíos más urgentes sobre los que quiero detenerme en este Mensaje es el de la globalización de la indiferencia. La indiferencia hacia el prójimo y hacia Dios es una tentación real también para los cristianos. Por eso, necesitamos oír en cada Cuaresma el grito de los profetas que levantan su voz y nos despiertan.

Dios no es indiferente al mundo, sino que lo ama hasta el punto de dar a su Hijo por la salvación de cada hombre. En la encarnación, en la vida terrena, en la muerte y resurrección del Hijo de Dios, se abre definitivamente la puerta entre Dios y el hombre, entre el cielo y la tierra. Y la Iglesia es como la mano que tiene abierta esta puerta mediante la proclamación de la Palabra, la celebración de los sacramentos, el testimonio de la fe que actúa por la caridad (cf. Ga 5,6). Sin embargo, el mundo tiende a cerrarse en sí mismo y a cerrar la puerta a través de la cual Dios entra en el mundo y el mundo en Él. Así, la mano, que es la Iglesia, nunca debe sorprenderse si es rechazada, aplastada o herida.

El pueblo de Dios, por tanto, tiene necesidad de renovación, para no ser indiferente y para no cerrarse en sí mismo. Querría proponerles tres pasajes para meditar acerca de esta renovación.

1. «Si un miembro sufre, todos sufren con él» (1 Co 12,26) – La Iglesia

La caridad de Dios que rompe esa cerrazón mortal en sí mismos de la indiferencia, nos la ofrecela Iglesia con sus enseñanzas y, sobre todo, con su testimonio. Sin embargo, sólo se puede testimoniar lo que antes se ha experimentado. El cristiano es aquel que permite que Dios lo revista de su bondad y misericordia, que lo revista de Cristo, para llegar a ser como Él, siervo de Dios y de los hombres. Nos lo recuerda la liturgia del Jueves Santo con el rito del lavatorio de los pies. Pedro no quería que Jesús le lavase los pies, pero después entendió que Jesús no quería ser sólo un ejemplo de cómo debemos lavarnos los pies unos a otros. Este servicio sólo lo puede hacer quien antes se ha dejado lavar los pies por Cristo. Sólo éstos tienen “parte” con Él (Jn 13,8) y así pueden servir al hombre.

La Cuaresma es un tiempo propicio para dejarnos servir por Cristo y así llegar a ser como Él. Esto sucede cuando escuchamos la Palabra de Dios y cuando recibimos los sacramentos, en particular la Eucaristía. En ella nos convertimos en lo que recibimos: el cuerpo de Cristo. En él no hay lugar para la indiferencia, que tan a menudo parece tener tanto poder en nuestros corazones.

Quien es de Cristo pertenece a un solo cuerpo y en Él no se es indiferente hacia los demás. «Si un miembro sufre, todos sufren con él; y si un miembro es honrado, todos se alegran con él» (1 Co 12,26).

La Iglesia es communio sanctorum porque en ella participan los santos, pero a su vez porque es comunión de cosas santas: el amor de Dios que se nos reveló en Cristo y todos sus dones. Entre éstos está también la respuesta de cuantos se dejan tocar por ese amor. En esta comunión de los santos y en esta participación en las cosas santas, nadie posee sólo para sí mismo, sino que lo que tiene es para todos. Y puesto que estamos unidos en Dios, podemos hacer algo también por quienes están lejos, por aquellos a quienes nunca podríamos llegar sólo con nuestras fuerzas, porque con ellos y por ellos rezamos a Dios para que todos nos abramos a su obra de salvación.

2. «¿Dónde está tu hermano?» (Gn 4,9) – Las parroquias y las comunidades

Lo que hemos dicho para la Iglesia universal es necesario traducirlo en la vida de las parroquias y comunidades. En estas realidades eclesiales ¿se tiene la experiencia de que formamos parte de un solo cuerpo? ¿Un cuerpo que recibe y comparte lo que Dios quiere donar? ¿Un cuerpo que conoce a sus miembros más débiles, pobres y pequeños, y se hace cargo de ellos? ¿O nos refugiamos en un amor universal que se compromete con los que están lejos en el mundo, pero olvida al Lázaro sentado delante de su propia puerta cerrada? (cf. Lc 16,19-31).

Para recibir y hacer fructificar plenamente lo que Dios nos da es preciso superar los confines de la Iglesia visible en dos direcciones.

En primer lugar, uniéndonos a la Iglesia del cielo en la oración. Cuando la Iglesia terrenal ora, se instaura una comunión de servicio y de bien mutuos que llega ante Dios. Junto con los santos, que encontraron su plenitud en Dios, formamos parte de la comunión en la cual el amor vence la indiferencia. La Iglesia del cielo no es triunfante porque ha dado la espalda a los sufrimientos del mundo y goza en solitario. Los santos ya contemplan y gozan, gracias a que, con la muerte y la resurrección de Jesús, vencieron definitivamente la indiferencia, la dureza de corazón y el odio.

Hasta que esta victoria del amor no inunde todo el mundo, los santos caminan con nosotros, todavía peregrinos. Santa Teresa de Lisieux, doctora de la Iglesia, escribía convencida de que la alegría en el cielo por la victoria del amor crucificado no es plena mientras haya un solo hombre en la tierra que sufra y gima: «Cuento mucho con no permanecer inactiva en el cielo, mi deseo es seguir trabajando para la Iglesia y para las almas» (Carta 254,14 julio 1897).

También nosotros participamos de los méritos y de la alegría de los santos, así como ellos participan de nuestra lucha y nuestro deseo de paz y reconciliación. Su alegría por la victoria de Cristo resucitado es para nosotros motivo de fuerza para superar tantas formas de indiferencia y de dureza de corazón.

Por otra parte, toda comunidad cristiana está llamada a cruzar el umbral que la pone en relación con la sociedad que la rodea, con los pobres y los alejados. La Iglesia por naturaleza es misionera, no debe quedarse replegada en sí misma, sino que es enviada a todos los hombres. Esta misión es el testimonio paciente de Aquel que quiere llevar toda la realidad y cada hombre al Padre. La misión es lo que el amor no puede callar. La Iglesia sigue a Jesucristo por el camino que la lleva a cada hombre, hasta los confines de la tierra (cf. Hch 1,8). Así podemos ver en nuestro prójimo al hermano y a la hermana por quienes Cristo murió y resucitó. Lo que hemos recibido, lo hemos recibido también para ellos. E, igualmente, lo que estos hermanos poseen es un don para la Iglesia y para toda la humanidad.

Queridos hermanos y hermanas, cuánto deseo que los lugares en los que se manifiesta la Iglesia, en particular nuestras parroquias y nuestras comunidades, lleguen a ser islas de misericordia en medio del mar de la indiferencia.

3. «Fortalezcan sus corazones» (St 5,8) – La persona creyente

También como individuos tenemos la tentación de la indiferencia. Estamos saturados de noticias e imágenes tremendas que nos narran el sufrimiento humano y, al mismo tiempo, sentimos toda nuestra incapacidad para intervenir. ¿Qué podemos hacer para no dejarnos absorber por esta espiral de horror y de impotencia?

En primer lugar, podemos orar en la comunión de la Iglesia terrenal y celestial. No olvidemos la fuerza de la oración de tantas personas. La iniciativa 24 horas para el Señor, que deseo que se celebre en toda la Iglesia —también a nivel diocesano—, en los días 13 y 14 de marzo, es expresión de esta necesidad de la oración.

En segundo lugar, podemos ayudar con gestos de caridad, llegando tanto a las personas cercanas como a las lejanas, gracias a los numerosos organismos de caridad de la Iglesia. La Cuaresma es un tiempo propicio para mostrar interés por el otro, con un signo concreto, aunque sea pequeño, de nuestra participación en la misma humanidad. Y, en tercer lugar, el sufrimiento del otro constituye un llamado a la conversión, porque la necesidad del hermano me recuerda la fragilidad de mi vida, mi dependencia de Dios y de los hermanos. Si pedimos humildemente la gracia de Dios y aceptamos los límites de nuestras posibilidades, confiaremos en las infinitas posibilidades que nos reserva el amor de Dios. Y podremos resistir a la tentación diabólica que nos hace creer que nosotros solos podemos salvar al mundo y a nosotros mismos.

Para superar la indiferencia y nuestras pretensiones de omnipotencia, quiero pedir a todos que este tiempo de Cuaresma se viva como un camino de formación del corazón, como dijo Benedicto XVI (Ct. enc. Deus caritas est, 31). Tener un corazón misericordioso no significa tener un corazón débil. Quien desea ser misericordioso necesita un corazón fuerte, firme, cerrado al tentador, pero abierto a Dios. Un corazón que se deje impregnar por el Espíritu y guiar por los caminos del amor que nos llevan a los hermanos y hermanas. En definitiva, un corazón pobre, que conoce sus propias pobrezas y lo da todo por el otro.

Por esto, queridos hermanos y hermanas, deseo orar con ustedes a Cristo en esta Cuaresma: “Fac cor nostrum secundum Cor tuum”: “Haz nuestro corazón semejante al tuyo” (Súplica de las Letanías al Sagrado Corazón de Jesús). De ese modo tendremos un corazón fuerte y misericordioso, vigilante y generoso, que no se deje encerrar en sí mismo y no caiga en el vértigo de la globalización de la indiferencia.

Con este deseo, aseguro mi oración para que todo creyente y toda comunidad eclesial recorra provechosamente el itinerario cuaresmal, y les pido que recen por mí. Que el Señor los bendiga y la Virgen los guarde.

Vaticano, 4 de octubre de 2014

Fiesta de san Francisco de Asís

Franciscus

© Copyright – Libreria Editrice Vaticana

 

Capítulo de Navidad 2014

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Religieuses de l’Assomption
Maison Généralice
17, rue de l’Assomption
75016 PARIS

Capítulo de Navidad 2014

París, 18 de diciembre de 2014

navidad-2014

“A vosotros, los que teméis mi nombre, os iluminará un sol de justicia y hallaréis salud a su sombra; saldréis y brincaréis como terneros que salen del establo”

(Ml.3, 20)

Viene a visitarnos un sol que nace de lo alto:
Jesucristo, estrella luciente de la mañana

Queridos/as amigos/as, queridas hermanas,

Después de más de un mes de visita a la Provincia de Asia del Sudeste, acabamos de regresar de Filipinas, último país visitado y lugar de celebración de la clausura de la visita. Gracias por vuestra oración que nos ha acompañado y que han sostenido al pueblo filipino durante el paso del tifón Ruby, casi al mismo tiempo que el Yolanda año pasado, pero con mucho menor daño. Damos gracias a Dios por ello.

Os escribo hoy para compartir con vosotros una palabra del Benedictus que me habita, me interpela y me anima desde hace algunos meses: “por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que habitan en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz “(Lc 1, 78). Estos versículos, rezados cada mañana, resuenan en mí como deseo y cuestionamiento ante la realidad: lo que dicen es verdadero, pero no es evidente. Estas palabras nos invitan a reconsiderar el conjunto de este bello himno, que iluminan de manera admirable.

El Niño que viene en Navidad ¿no es el sol que viene de lo alto? Lo precede otro niño, Juan el Bautista, el profeta del Altísimo, que viene a anunciarlo y a preparar sus caminos: “Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos “(Lc 1, 76).
El sol que nace de lo alto es la aurora que se alza, la estrella resplandeciente de la mañana. Su venida es manifestación de la infinita ternura de Dios para con todos sus hijos, sobre todo para aquellos que todavía se encuentran en sombras de muerte: un “Sol de justicia”, nos dice el profeta Malaquías. Él viene a traer la tan deseada Salvación, viene para que se realice la justicia y se establezca la paz.

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1- La espera de la SalvaciónVueltos hacia el Sol de Justicia

Al acercarse la Navidad, esperamos la Salvación que Dios nos concede en su Hijo, el Salvador esperado. Lo esperamos ardientemente junto con nuestros hermanos y hermanas y aún más especialmente con todos los pueblos que caminan en estos momentos, en la oscuridad de la guerra, del miedo, de la enfermedad y de la muerte; Esperamos la Salvación con los familiares de los que han sido secuestrados, torturados y asesinados, de los que están lejos de su país porque se marcharon en busca de una vida mejor para ellos y los suyos. Esperamos la Salvación para todas las personas, víctimas de las esclavitudes modernas que sufren muchos de nuestros países.
Creemos que el sol de lo alto viene a iluminar con su benéfica claridad nuestras vidas personales y la vida de todos los que viven en tinieblas y en sombra de muerte: “El pueblo que andaba en tinieblas vio una gran luz; y sobre los que habitaban en tierra de sombras, una luz les brilló. “(Isaías 9,1)
La venida cercana de la Navidad despierta nuestro deseo de justicia para todos aquellos hacia los que nos guía la contemplación del Sol Naciente; porque volviendo nuestros corazones a Él, se nos invita también a volverlos hacia los demás.

¿Qué significa “esperar la Salvación”, “desear la Justicia”?

Nuestra espera no puede ser pasiva porque la Salvación y la justicia no vienen de fuera ni desde el exterior. “El sol que viene de lo alto” ha elegido su morada en nuestro ser interior. Él viene a visitarnos desde dentro, para que podamos ponernos en camino. Viene a nosotros para que lo busquemos todavía más , a través de la experiencia y de la práctica de la justicia en la apertura a los demás, anteponiéndolos a nosotros mismos, queriendo lo mejor para ellos y deseando primero su bienestar. La justicia de Dios no viene como una explosión que se esparce por todas partes, se presenta como la suavidad de un amor que engendra luz; viene como fuego que prende gradualmente, como el suave murmullo de una brisa que nos visita desde dentro, como un agua benéfica que fluye, nos penetra, nos rehace profundamente y nos impulsa a actuar. La justicia es portadora de frutos de ternura a través de nuestras acciones, nuestras actitudes, nuestros gestos hacia los demás, especialmente hacia los que viven en mayor necesidad.
Sí, el verdadero Sol de Justicia ya ha llegado; Volverá para habitar en nuestros corazones y hacerse transparencia en nuestras vidas. Su presencia, como sugiere el Padre Varillon, es una invitación a vivir con una “una mano sobre la belleza del mundo, y la otra sobre el sufrimiento de la humanidad y los dos pies en la responsabilidad del mundo presente”1

El sol que nace de lo alto nos invita a la verdad

Si deseamos la Salvación, es porque Él, el Salvador y el Sol de justicia, nos ha deseado desde siempre. En Navidad, entra en nuestra realidad con sus sombras y sus luces. Niño-Dios, pero niño que desenmascara nuestro deseo de poder y nos recuerda nuestra necesidad de Salvación. Como tiempo de verdad con nosotros mismos, la acogida de su luz nos revela nuestra pobreza que, aceptada, se convierte en lugar y manantial de gracia, oportunidad para dejarnos guiar, sin querer controlarlo todo, dirigirlo todo (el tiempo, el espacio, los demás…). Esta pobreza se expresa en nuestros votos que “ponen el acento en la atención orientada hacia el prójimo desde un estilo de vida sobrio y desprendido y sobre un amor respetuoso que cree en la fuerza del encuentro con los demás.”2
Por su fragilidad, el niño de Navidad evoca necesidad de ayuda y de atención, y por lo tanto necesidad de los demás, presente en cada uno de nosotros. Nos llama a la compasión, a los gestos de ternura, a la hospitalidad y a la preocupación por los demás. Su presencia nos pone en estado de discernimiento. ¿Cómo hacer de la Navidad una manifestación de amor, de apertura, de acogida, de compartir para hacer felices a los demás? ¿Cómo podemos hacer visible y palpable nuestro deseo de justicia en esta Navidad?
Hemos escrito y nos gusta decir que “queremos vivir sencillamente para que otros puedan sencillamente vivir.” ¿Qué significa esto para cada uno de nosotros en particular y muy concretamente para nuestro mundo consumista?

2. El precio de la justicia

Llamados/as al discernimiento

Muchas mujeres, hombres, jóvenes y niños viven en busca de pan, de dignidad, de justicia y de paz. A menudo, pensamos que no podemos hacer gran cosa frente a las grandes injusticias sociales, frente a “ las estructuras de pecado” e incluso frente a situaciones menos complejas cercanas a nosotros. Pero tal vez sin ser conscientes nos hacemos cómplices de ciertas injusticias, a comenzar por lo que vivimos en el círculo de los que nos son cercanos y de nuestras comunidades. Nuestra justicia es muy diferente de la de Dios y nuestros pensamientos están lejos de los suyos, se necesita poco para no pasar nunca del deseo de justicia a la actuación que lo lleva a cabo. “Una especie de alienación” nos afecta a todos, dice el Papa Francisco: “A veces somos duros de corazón y de mente, nos olvidamos, nos entretenemos, nos extasiamos con las inmensas posibilidades de consumo y de distracción que ofrece esta sociedad”3.
Por otra parte, de manera inconsciente sin duda, querríamos todos ser ganadores y eso puede hacernos perder de vista a todos aquellos que ignoran sus derechos o que no tienen ya el coraje de luchar para conseguirlos.
Nuestra necesidad de complacer a los demás puede también conducirnos por caminos tortuosos de mentira y de injusticia bajo todas sus formas.
Reconsiderar nuestra existencia a partir de la llamada a vivir una forma de justicia, exige que tomemos conciencia de nuestras resistencias para escoger determinadamente el campo de la justicia. Las injusticias flagrantes del mundo, sacadas a la luz por la venida del Sol de Justicia, pueden conducirnos a un camino verdadero de conversión y a la fidelidad a nuestra vocación. Un tiempo de discernimiento comienza, un tiempo en el que debemos tratar de reconocer lo que es bueno, lo que corresponde a la voluntad de Dios, lo que le agrada (cfr. Rm.12,1-2)

El camino de la Fidelidad

Si la justicia nos atrae aunque no siempre provoque nuestro compromiso concreto, es, probablemente porque vislumbramos el precio que hay que pagar. Juan Bautista, mensajero de la justicia de Dios y precursor del Justo por excelencia, abrió el camino. Su misión lo llevó a morir por la justicia, es decir, por Cristo, el único verdadero Justo. No escapó a la suerte que sería reservada a Aquel cuya llegada había venido a anunciar. Lo adelantó una vez más con su elección de vivir la fidelidad a Dios en lugar de complacer a los seres humanos, atreviéndose a decir la verdad a Herodes (Mt 14, 4) y a predicar la conversión a la multitud en el desierto (Mc 1, 4). Su vida fue la expresión de una verdad, la del sentido de la vida, una verdad que San Pablo explicitará más adelante, diciendo: “Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, para el Señor morimos. Por lo tanto, en la vida y en la muerte somos del Señor. “(Rm. 14, 8)
Esta experiencia no es posible sin un profundo y probado amor por Cristo, una fe confiada en la Palabra de Dios y una esperanza desmesurada en que el cambio es posible y la conversión indispensable.
Esta “esperanza más allá de la esperanza” supera nuestras propias incoherencias, como en el caso de San Pedro, que, después de haber confesado que Jesús era el Mesías, quiso evitarle la Pasión. Pedro experimentará que para seguir a Jesús, debemos negarnos y abrazar la Cruz. Tal vez, como él, no queremos que Jesús sufra la Pasión, porque a nosotros mismos nos cuesta sufrir.
El precursor anuncia la visita del sol que viene de lo alto, por sus acciones y por su vida tanto como por sus palabras; nos exhorta a acoger una idea más justa de la justicia, a esforzarnos por ser coherentes y a enfrentar con valentía las consecuencias de nuestras opciones.

¿Qué justicia?

La justicia es la expresión de la sabiduría divina. Además el Libro de la Sabiduría inicia con estas palabras: “Amad la justicia, vosotros los que gobernáis la tierra; pensad rectamente ante el Señor y buscadlo con sencillez de corazón” (Sab. 1,1) Pero, ¿cuál es esta justicia que debemos perseguir con todas las fuerzas de nuestro corazón?. La justicia de Dios es aquella del Buen Samaritano que se deja conmover por la situación de la humanidad (Lc 10, 25-30). Es también aquella del Maestro que contrata en cualquier momento de la jornada y da el mismo salario a los primeros y a los últimos jornaleros (Mt. 20, 1-16). La justicia de Dios, que hace de nosotros sus hijos, se reconoce porque “hace salir su sol sobre malos y buenos y hace llover sobre justos e injustos” (Mt. 5, 45). De esta justicia, todos nos beneficiamos amplia y gratuitamente, sin ningún mérito de nuestra parte. ¡Más aún! Mientras éramos aún pecadores, Cristo ha muerto por cada uno/a de nosotros, haciéndonos justos por su gracia. Así, nos ha reconciliado con Él, nos ha salvado para que tengamos parte en su vida. Y esta justicia de Dios, dada por la fe en Cristo Jesús, se ofrece a todos los que creen, sin excepción (Cf. Rm. 5,8; Rm 3, 22, 24). La justicia divina es gratuita, don y misericordia. Jesús, Luz del mundo, nos llama a “vivir como hijos de la luz” (Cf. Ef 5, 8; Mt 5, 14), es decir a reflejar el resplandor del Sol de Justicia, llevando al mundo las chispas de este derroche de luz hacia nuestros hermanos y hermanas. Como Juan el Bautista, debemos ser testigos de la luz y artesanos de la paz

3. El trabajo por la paz

Buscar incansablemente la paz

No podemos pasar por alto el hecho de que hay una relación entre la justicia y la paz: “justicia y paz se besan (S. 84,11). La paz que buscamos es aquella que permite vivir una fraternidad verdadera y liberadora. En el Mensaje No. 47 por la Paz y el primero de su Pontificado, el Papa Francisco presentó la fraternidad como “fundamento y camino de la paz”. En su segundo mensaje, insiste sobre el hecho de que ya no somos “esclavos, sino hermanos”.
Ya en su exhortación sobre La Alegría del Evangelio, el Papa Francisco nos hacía esta llamada: A los cristianos de todas las comunidades del mundo, quiero pedirles especialmente un testimonio de comunión fraterna que se vuelva atractivo y resplandeciente”4. Es una llamada a acoger a toda persona como un hermano o una hermana, en su plena dignidad, con toda justicia y caridad.
La opción que hemos hecho en Congregación de vivir la comunión como “una manera de ser, de vivir nuestras relaciones y de actuar con otros” nos compromete incansablemente a ser mujeres y hombres de paz, como nos invita el salmista: “busca la paz y corre tras ella…” (S.33, 15)
Nosotros podemos abrir caminos para la paz, viviendo el perdón, la compasión y la misericordia.

Vivir la misericordia

La venida a nuestro mundo del Hijo de Dios es la prueba de su gran amor por nosotros: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que quien crea en él no muera, sino tenga vida eterna” (Jn 3,16). La radicalidad de su amor debe alimentar en nosotros un corazón de misericordia, capaz de ofrecer y pedir perdón a otros, y entrañas sensibles al dolor del prójimo y a los sufrimientos de nuestro mundo.
Sólo el amor de Dios puede darnos la fuerza de manifestar la ternura. Así nos prepararemos a acoger a Aquel que viene, en nuestros corazones, comunidades, familias, que se convierten de este modo en hogares de caridad. “Cuando nuestras comunidades llegan a ser morada de Dios, cuando se convierten en signos de esta Presencia transformadora en el mundo, cuando son lugares de perdón y de paz, llegan a ser también lugares profundamente humanos de profecía y sabiduría.” (Cr. Ficha sobre la Comunión, Capítulo General 2012

La comunión se fortalece por la reconciliación, el esfuerzo por construir la unidad, por nuestras palabras, nuestra mirada, nuestras actitudes.

Reflejar el resplandor del Sol

Si Cristo es verdaderamente nuestro Sol Naciente, escucharemos la llamada de Pablo a brillar “como estrellas en el mundo, manteniendo firme la palabra de la vida” (Fil 2, 15-16). Cristo, Sol de Justicia, podrá brillar intensamente a lo largo de su camino entre nosotros: “Yo soy la luz del mundo, quien me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8,12) ¿Queremos acoger esta luz?
Es lo que podemos desearnos unos a otros; que la luz de Navidad no sea la de una noche sino que resplandezca por la eternidad, a través de los pequeños destellos que podemos ofrecer, ciertos de que la Justicia de Dios es inmortal (Sb. 1,15).
Acoger el Sol de Justicia ¿no es también creer en la novedad de Aquel que viene y que triunfará sobre el mundo? Él es capaz de cambiar nuestra tristeza en júbilo, nuestro sufrimiento en alegría. El gran Sol de Justicia manifiesta todas las pequeñas luces a las que debemos prestar atención. Los Magos encontraron al Niño en Belén porque contemplaron las estrellas…como si hubieran percibido los efectos secundarios de esa inmensa luz, incluso antes de encontrar su fuente. Dejémonos conducir también nosotros, de estrella en estrella, hacia Aquel que tiene el poder de cambiar definitivamente nuestras vidas, “la estrella luciente de la mañana” (Ap. 22, 16) Aquel cuya venida anuncia una nueva aurora.
La venida de Cristo en la carne reorienta nuestras existencias hacia su fin original, nuestro único proyecto: ser a imagen y semejanza de Dios, volvernos cada vez más humanos, siendo hombres y mujeres de justicia y de paz. Y Santa María Eugenia tendría derecho de preguntarnos: ¿Trabajas verdaderamente para ser semejante a Jesucristo? Tus esfuerzos se orientan a ello? Es esto lo que ocupa los sueños de tus noches y los pensamientos de tus días? Es el objeto de todos tus deseos, de todas tus ambiciones, de tus preocupaciones y reflexiones? 5 ¿Llevas siempre en ti este deseo de Luz, que es deseo de Justicia? Esta pregunta resuena con fuerza en este año de la vida consagrada, sobre el que volveré a lo largo del año 2015. Ella tiene eco también en el contexto del quinto centenario del nacimiento de Santa Teresa de Jesús. Con los y las Carmelitas y todos aquellos y aquellas que viven de la espiritualidad carmelitana, glorificamos a Dios por el don de esta gran Santa en la Iglesia. El Sol de lo alto se manifiesta a través de cada una de las estrellas que reflejan su luz: Teresa de Jesús forma parte de esta constelación de testigos luminosos que han brillado como guías de la vida religiosa, hasta nuestros días. Para Santa María Eugenia, Teresa fue una fuente de admiración e inspiración, una estrella que marcó nuestra vida contemplativa con un color carmelitano. Que la memoria de su camino de santidad nos fortalezca en el don de nosotras mismas por los otros, nosotras que somos de Dios. Que ella nos acompañe para que podamos dar a conocer más y mejor la belleza de la vida consagrada, particularmente en el transcurso de este año. Porque en Él, el Sol, todo se encamina hacia su belleza, permitiendo que la alegría abrace por fin la tierra. ¡Nosotras somos testigos de ello!

¡Feliz fiesta de Navidad y un santo año 2015!

S. Martine Tapsoba
Superiora General

1 VARILLON François, Beauté du monde et souffrance des hommes, Ed. Centurion, p.320 E
2 2 HAERS Jacques, Vivre les voeux aux frontières, Ed. Lessius, p.25
3 Papa Francisco, La alegría del Evangelio nº 177
4 Papa Francisco, La alegría del Evangelio, no. 99

5 SANTA MARÍA EUGENIA DE JESÚS, Instrucciones de Capítulo del 21 de febrero de 1875